martes, 18 de octubre de 2011

Dame vida.

Tu parpadeo lento, las mejillas cosidas por ligeros rosas pálidos, tus majos ojos castaños. La dócil voz que se oye en mi despertar. Preciosas son tus fotos, amenas son tus manos, cuando me rodean admito estar dentro de ti. Cuesta mucho quitar tu perfume, resulta agradable pensar que nuestra afición es secreta y oír a mi querida madre reprochándome si ando con vidas en otras aceras. Puede que, a pesar de mis bolsillos vacíos, no te pueda dar lo que a todos nos agradaría, pero guardo todos tus regalos y están ahí cada mañana. Puede que te resulte extraño, pero aquel conejito que nunca quisiste rebelarme de el por qué de la gracia que te producía, lo utilizo como un humilde amuleto. No puedo entregarte el oro, tampoco la plata, pero si cada una de estas entradas.

No hay comentarios: