jueves, 14 de julio de 2011

Desear.

Carlos estaba solo en su habitación. Tenía la música a todo volumen. No le preocupaba molestar, porque sus padres se habían ido a pasar el fin de semana a la playa, y no tenía esos odiosos vecinos que cada dos por tres te molestaban con sus triquiñuelas, porque, de hecho, la casa más cercana a la suya estaba a doscientos metros, y a esa distancia no había nada por qué preocuparse.
A lo que iba, el chico, de cuerpo escultural, músculos trabajados no en exceso en el gimnasio, alto, guapo, pelo castaño, ojos oscuros y piel morena, estaba tumbado en su cama, sin hacer nada sino pensar. ¿Y en qué pensaba?, os preguntaréis. Pues en esos ojos grises que le volvían loco, en ese pelo rubio que quería peinar con sus dedos, en ese rostro suave que quería acariciar con sus manos, y en esos labios finos que deseaba con ansias besar. Suspiró; lo que daría por escuchar su voz en ese momento…
Sonó el teléfono de casa. Cogió el inalámbrico que tenía encima del escritorio.
-¿Diga?
-Hola Carlos, soy Ángel. ¿Te apetece ir a tomar algo?
El joven sonrió, y su corazón empezó a palpitar con fuerza. Era él, y quería quedar con él.
-Claro.

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